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23 04 | 2010
Periodistas de sucesos
POR La Colmena

La miel de la satisfacción personal sustituye a la hiel de un largo recorrido como periodista de sucesos. Luis Serrano, coordinador de prensa del 112, lleva diez años lanzándose a su vehículo de emergencias para situarse en primera línea de batalla y disparar con lo que tenga. A veces, cuando la urgencia ahoga el tiempo que tiene para llegar al accidente, él mismo reconoce que “entras camino del siniestro contando las informaciones”. El pan de cada día se reparte entre catástrofes, homicidios, casos de violencia de género o suicidios. Verdaderos dramas con los que trabaja codo con codo, cerca del dolor humano. A pesar de que vive “momentos muy duros que generan cierto poso”, este lobo curtido de tanto periodismo sobre sus espaldas, pisa fuerte e intenta “ponerse una coraza encima” para llegar antes que nadie, recabar datos y contrastar fuentes solventes para tener cuanto antes la información disponible.

La nube de rumores en torno a un suceso justifica que haya un enviado especial que se desplace hasta la urgencia para cubrir la información. El jefe de sala del 112 decide si hay que ir al lugar cuando el accidente es relevante y noticioso, pero el pistoletazo de salida que marcará la carrera hacia alguna desgracia será un aviso, a veces vía sms, tras la advertencia de la central de bomberos de la Comunidad de Madrid, el SUMMA o la radio vía bomberos. Serrano, que no tiene una respiración ni agitada ni entrecortada, se enorgullece de haber aportado su propia experiencia al modelo de comunicación que hace del 112 una fuente eficaz y fiable, que “saca a la calle al periodista”.

Rara vez llegan antes los medios de comunicación, que construyen el relato desde el interés humano. Es entonces cuando Luis Fernando Durán y Javier Barroso aparecen en escena.

El País acogió tanto a Durán como a Barroso en la sección local de Madrid hace bastante tiempo. Durán suma trece años de carrera periodística en este diario y desde hace nueve escribe para El Mundo. No tiene pelos en la lengua y se echa las manos a la cabeza: “antes ibas a los sucesos y veías los cadáveres tirados, ahora es imposible entrar”. Una barrera que su experiencia achaca a varios culpables y no duda en apuntar con el dedo a las televisiones. Confiesa que no hay redactores especializados en el medio, lo que implica un tratamiento irresponsable de la información ya que “les da igual, llegan a los sitios y encienden la cámara”, mientras que la discreción caracterizaba a los fotógrafos de antaño.

“Hay mometos muy duros que generan cierto poso”

También recuerda la complicidad con la que años atrás trabajaban policías y periodistas y se lamenta de cómo han cambiado las cosas. Este escrupuloso redactor denuncia las trabas que hoy en día obstaculizan el acceso a los partes policiales y confiesa la vacua imbricación entre policías y periodistas: “lo primero que les dicen es que no hablen con nosotros”. Siempre fiel a su “libretita” donde apunta todos los detalles, se acuerda de la libertad con la que consultaba a las fuentes directamente, pero ahora que han eclosionado los gabinetes de prensa en forma de parada obligatoria, se lamenta de tener que “hacerlo todo a través de

ellos”.

Rara vez llegan antes los medios de comunicación, que construyen el relato desde el interés humano. Es entonces cuando Luis Fernando Durán y Javier Barroso aparecen en escena.

El País acogió tanto a Durán como a Barroso en la sección local de Madrid hace bastante tiempo. Durán suma trece años de carrera periodística en este diario y desde hace nueve escribe para El Mundo. No tiene pelos en la lengua y se echa las manos a la cabeza: “antes ibas a los sucesos y veías los cadáveres tirados, ahora es imposible entrar”. Una barrera que su experiencia achaca a varios culpables y no duda en apuntar con el dedo a las televisiones. Confiesa que no hay redactores especializados en el medio, lo que implica un tratamiento irresponsable de la información ya que “les da igual, llegan a los sitios y encienden la cámara”, mientras que la discreción caracterizaba a los fotógrafos de antaño.

“Hay momentos muy duros que generan cierto poso”

También recuerda la complicidad con la que años atrás trabajaban policías y periodistas y se lamenta de cómo han cambiado las cosas. Este escrupuloso redactor denuncia las trabas que hoy en día obstaculizan el acceso a los partes policiales y confiesa la vacua imbricación entre policías y periodistas: “lo primero que les dicen es que no hablen con nosotros”. Siempre fiel a su “libretita” donde apunta todos los detalles, se acuerda de la libertad con la que consultaba a las fuentes directamente, pero ahora que han eclosionado los gabinetes de prensa en forma de parada obligatoria, se lamenta de tener que “hacerlo todo a través de ellos”.

Durán mira fijamente a los ojos como nadie sabe hacer, pero que desde luego como nadie hace, para poner en evidencia los sinsabores del eslabón más débil del periodismo, los intereses políticos. Explica cómo  el hermetismo acaba por inclinar la balanza frente a la claridad y habla en plata, “la seguridad es asunto de relevancia política, un tema estrella”. Siendo una de las mayores preocupaciones ciudadanas, los sucesos no relucen desde su punto de vista porque “la seguridad es un asunto de relevancia política” y se ha convertido en sinónimo de confianza hacia el partido y en definitiva, en votos. Los sucesos pasan de esta manera a ser el escenario profundamente estratégico donde se libra una batalla en la que se confrontan intereses, valores y significados.

Se la están jugando. Serrano, Barroso y Durán forman un trío que, con el paso de los años y la perspectiva del tiempo,  han acogido al periodismo puro y duro en su vida. Hay algo que quizás les haya ayudado a estar al pie del cañón. Se trata de la pasión que desprenden por la aventura de salir a la calle, respirar a la gente, y sentir las historias que a otros se nos pasan por alto, tan invisibles como especialmente brutales. Esta fusión es la que relata Javier Barroso, tan concienzudo en su trabajo de El País que admite que “hay veces que te tienes que implicar hasta el cuello”, y con verdadero talante se irrita al recordar la inseguridad subjetiva que le acompañó en tiempos del asesino de la baraja, “cambiaba de recorrido, sabíamos que tenía una rutina”.

“Hay veces que te tienes que implicar hasta el cuello”

Si algo puede hacer estremecer a estos tipos duros que empuñan su pluma con pulso imperturbable, son los sucesos relacionados con niños. Barroso y Durán detienen la conversación aquí y agravan la voz para confesar que arrastran con pesar el fallecimiento de un menor, muchas veces “una salvajada” difícilmente soportable. En momentos como estos, se abre un abismo bajo sus pies y se sumergen en dilemas éticos, un triángulo entre quien firma el suceso, los lectores y el jefe.

Pero este tándem de periodistas lo tiene muy claro: delimitan su propio territorio con la soberbia convicción de volar por encima de los muros de la dependencia. Barroso recuerda que durante su actividad profesional, en dos ocasiones se negó a poner su nombre en sucesos, uno de ellos porque se trataba de un suicidio. Dejando a un lado las normas escritas recogidas por el estatuto del periodista de El País, Barroso defiende que “no tiene que dar explicaciones a nadie” y jamás firmaría nada “que va en contra de mi criterio”. Parece indignado ante lo perverso de la situación y confiesa que en ocasiones “te sientes un buitre”.

Un diagnóstico compartido sin menoscabo por Durán, quien despeja los elementos morbosos que hacen que el suceso te pueda “hacer esclavo” y recalca que hay que ceñirse a la ley y a la cláusula de conciencia. Un derecho que existe para que la doble mentira no se convierta en verdad con el fin de engordar el escándalo. Una delgada línea que tiene en vilo a Barroso, quien reconoce que a veces, los familiares de las víctimas “te atosigan” y esa relación de intercambio de información existe y vive contigo.

Son periodistas, pero ante todo humanos. Luis Serrano no pestañea dos veces y recalca que “no hay que perder el norte de que lo primero somos personas”. Por eso, hace memoria para relatar el día en el que se dirigía a cubrir un incendio y de camino, con la sirena puesta, se cruzó con un turismo con las ruedas “para arriba” y dos personas

atrapadas en él. En ese momento no se lo pensó dos veces: “lo primero es el ciudadano”. Se encontró con una víctima sin pulso y quitó el contacto del vehículo. Tras realizar todo lo que estuvo en su mano y avisar a los servicios de emergencia, recondujo su vehículo hasta el incendio y trabajó a destajo porque “estás a lo que estás”

Si algo puede hacer estremecer a estos tipos duros que empuñan su pluma con pulso imperturbable, son los sucesos relacionados con niños. Barroso y Durán detienen la conversación aquí y agravan la voz para confesar que arrastran con pesar el fallecimiento de un menor, muchas veces “una salvajada” difícilmente soportable. En momentos como estos, se abre un abismo bajo sus pies y se sumergen en dilemas éticos, un triángulo entre quien firma el suceso, los lectores y el jefe.

Pero este tándem de periodistas lo tiene muy claro: delimitan su propio territorio con la soberbia convicción de volar por encima de los muros de la dependencia. Barroso recuerda que durante su actividad profesional, en dos ocasiones se negó a poner su nombre en sucesos, uno de ellos porque se trataba de un suicidio. Dejando a un lado las normas escritas recogidas por el estatuto del periodista de El País, Barroso defiende que “no tiene que dar explicaciones a nadie” y jamás firmaría nada “que va en contra de mi criterio”. Parece indignado ante lo perverso de la situación y confiesa que en ocasiones “te sientes un buitre”.

Un diagnóstico compartido sin menoscabo por Durán, quien despeja los elementos morbosos que hacen que el suceso te pueda “hacer esclavo” y recalca que hay que ceñirse a la ley y a la cláusula de conciencia. Un derecho que existe para que la doble mentira no se convierta en verdad con el fin de engordar el escándalo. Una delgada línea que tiene en vilo a Barroso, quien reconoce que a veces, los familiares de las víctimas “te atosigan” y esa relación de intercambio de información existe y vive contigo.

Son periodistas, pero ante todo humanos. Luis Serrano no pestañea dos veces y recalca que “no hay que perder el norte de que lo primero somos personas”. Por eso, hace memoria para relatar el día en el que se dirigía a cubrir un incendio y de camino, con la sirena puesta, se cruzó con un turismo con las ruedas “para arriba” y dos personas atrapadas en él. En ese momento no se lo pensó dos veces: “lo primero es el ciudadano”. Se encontró con una víctima sin pulso y quitó el contacto del vehículo. Tras realizar todo lo que estuvo en su mano y avisar a los servicios de emergencia, recondujo su vehículo hasta el incendio y trabajó a destajo porque “estás a lo que estás”

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